jueves, 6 de octubre de 2016

EL INCENDIO

Machacona retumba en los oídos la sirena de un coche de bomberos, que poco a poco se aproxima.

Una riada de coches estorba de una forma involuntaria el paso, pero en un incesante insistir, va abriéndose camino y aunque con dificultad consigue avanzar.

Mientras, en otro rincón de la ciudad los vecinos de un gran edificio, viven la angustia.
Una humareda densa y pestilente inunda las escaleras, introduciéndose por rendijas y puertas abiertas de vecinos que en principio sólo alarmados intentan indagar que es lo que ocurre ante un crepitar cercano y extraño.

La percepción del peligro hace que cada uno haga lo que su instinto le dicta que no suele coincidir con las normas de seguridad que se indican en estos casos.

Antes, tranquilamente sentada, disfrutando en la terraza de la buena  temperatura y el goce sensual de esa ráfaga de brisa fresca que de vez en cuando invade tu cuerpo; esperaba la hora de irme a dormir, apurando de esa forma una jornada más.

En unos segundos me vino a la mente una pregunta, ¿qué será ese ruido?. Puse en alerta toda mi atención e inmediatamente me percaté que había un incendio.

Los toldos del edificio hasta la octava planta, ardían haciendo subir inmensas llamaradas. Un brote de sudor me inundó preguntándome que tendría que hacer.
En cuestión de segundos lo había decidido; como fuera, nos teníamos que ir a la calle.

Tuve la sensación que nuestra casa situada en la planta once del edificio era una ratonera con la puerta abierta a una chimenea de terror formada en el hueco de las escaleras, pero como digo el instinto de conservación hace que a veces actues de forma contraria a lo correcto. Aún así, tomé esa opción.

Cogí de la mano a mi hijo pequeño, yo era consciente que en mi alocada huída, lo había despertado de forma traumática ¡levántate corre, hay fuego en la casa! ¿Por qué dije esta frase cuando no tenía la certeza que así fuera? Fue el miedo.

Nuestra perra de carácter inquieto demostró una gran disciplina esperando que la cogieran con su correa, cosa que hizo mi hijo mayor, que con sus siete años actuó como si de un adulto se tratara.
¿Qué dicta nuestro comportamiento en estos momentos críticos?

Iniciamos el descenso. En algún tramo se nos hacía el aire irrespirable. El humo inundaba la escalera.
Como hormigas saliendo de sus hormigueros, los vecinos según íbamos avanzando en nuestro descenso, incrementaban el número de personas que al igual que nosotros, habían decidido bajarse a la calle. La dificultad en la bajada crecía; por lo general y sorprendentemente se hacía en silencio, roto a veces por algún grito alertando e insistiendo en la marcha a alguien aún dentro de la casa, pero que ya tenía dispuesta su salida con las puertas abiertas de par en par.

Fue un camino atravesado con angustia con la de no llegar nunca al final, casi allí me percaté que bajaba en camisón y descalza. Sentía dolor en los pies.

Al llegar a la calle creo que todos llenamos nuestros pulmones con una bocanada de aire fresco y limpio y el silencio más o menos completo que había en la bajada se mudó en excitación un tanto incontrolada que nos hacía hablar a todos de un modo compulsivo queriéndonos narrar unos a otros nuestra experiencia personal.


Afortunadamente sólo causó angustia y miedo. Todos meditamos sobre la ausencia de escaleras de incendios que ya a lo largo de los años habíamos debatido largamente, no habiendo encontrado eco, en quienes tenían la facultad de solucionarlo.

SEGUNDA VIDA

Como luces de neón entrelazadas en azul y naranja, era el reflejo que resbalaba por la pared situada frente a la ventana, que entreabierta, dejaba salir el sonido chirriante de un antiguo tocadiscos.

Dos cubos negros de goma parcialmente escondidos en una zona de sombra, esperaban que se depositara en ellos la basura.

Apoyada sobre la pared desconchada  y con grafitis de colores - con desgana -  rubia de bote y una permanente barata,  minifalda naranja de una tela poco amorosa, un jersey rosa chillón,  y un collar de perlas descascarilladas de varias vueltas.
Eran las mejores galas que tenía Desiré.
Vivía no lejos de allí en un piso de protección oficial que gracias al párroco de su barrio consiguió hace ya mucho tiempo.
Ha pasado la cincuentena y ya es abuela, pero no tiene otra salida, tiene que “trabajar”.

Aunque en estas lides ya es veterana,  la edad  no le ayuda y solo en contadas ocasiones encuentra algún alma gemela en soledades y que no piensa hacerle feos a nadie,  pues fisicamente tampoco tiene mucho que ofrecer.

A veces tiene la fortuna de dar con alguna persona de bien - que aunque utilice los servicios de una mujer desconocida -  rota el alma por dentro y con la sonrisa en oferta,  que como propina para el cuerpo utilizado y percatándose que allí hay unos ojos con vida,  le deja un poco de ternura.

Por el contrario y lo habitual es el desprecio y sólo un deseo egoísta de satisfacción;  pero Desiré es una profesional y sabe cerrar la puerta, guardarse la llave en el bolsillo,  sacarse de la pechera una bolsa de plástico, entrar en la tienda de ultramarinos  que huele a matalauva y cominos, para comprar lentejas y azafrán que le faltan para la cena.

Al llegar a la casa, prepara la comida en una cocina de metro y medio de lado, vieja pero limpia como los chorros de oro.  Coloca la comida en una tartera y se acerca hasta la casa de su hija que trabaja por horas y que al volver tiene que darle de comer a tres o cuatro chiquillos.

Josefa – al salir de casa deja su nombre profesional  de Desiré colgado detrás de la cortinilla del dormitorio -   llegando a la casa de su hija,  toca con los nudillos en la puerta, que guarda dentro un griterío de guardería infantil y que al abrirse parece que la arrollaran para abrazarla.

Este es uno de los trescientos sesenta y cinco días que tiene el año.

Un día sin fecha de semana y mes, estando como de costumbre en la esquina de su calle recoleta - no muy lejos de su casa - un hombre de mediana edad,  moreno de tez,   manos con dedos inmensos consecuencia del trabajo que éstas habían realizado , duro y nada refinado;  con cierta timidez pero aparentando seguridad se acercó a Desiré y algo habló con ella, era como un susurro y van  paseando rozándose las manos.

Esteban le habló de su soledad y de la necesidad imperiosa que tenía, pero algo debió ver o intuir Desiré, que después de pasar la tarde juntos, se besaron y acariciaron, mientras ella creía estar soñando.

Nadie nunca la había tratado de una forma tan especial y esto hizo que fuese ella quien se entregara a él, de una forma natural,  durmiendo luego placidamente abrazados hasta que la noche empezó a entrar por la ventana que se había quedado con los visillos sin cubrir los cristales.

Al despedirse Esteban, le preguntó algo y se marchó.

Al día siguiente cuando se acercaba la hora de su trabajo, Desiré estaba muy nerviosa, pero no podía dejar de acudir a la cita en su rincón de la calle que casi tenía en propiedad.

Al llegar a la esquina, Esteban la esperaba, con un cigarrillo que se desmenuzaba en briznas encendidas.

Le pasó un brazo por encima del hombro después de charlar un momento y caminando despacio, se fueron alejando de la obscuridad del callejón y fueron saliendo hacia la Avenida, plagada de luces, de gente que paseaba al fresco de la noche por el bulevar, mientras una riada de coches pasaban por los laterales a toda velocidad.

Bajaron por unas escaleras que por un subterraneo atravesaba hasta el otro lado de la Avenida. Se sentaron en un banco, situado en la penumbra que proporcionaba las luces de una farola enredada por un árbol,  justo enfrente del río, que al ser vísperas de fiesta,  el puerto estaba plagado de “golondrinas” que por una módica cantidad de dinero paseaban por el río a todo aquel que lo deseara.
Los que como ellos desde el borde, separados por una barandilla de hierro y un pasamanos de hormigón, disfrutaban de la vista y del chapoteo del agua golpeando el casco de las embarcaciones, podían pasar así las horas muertas

Mientras, sobre sus cabezas y en las copas de los árboles los pájaros piaban y bullían sin cesar disputándose los mejores sitios para pasar la noche.

Josefa y Esteban creían estar en un mundo diferente. Cuando el relente del río empezó a caer sobre ellos, hicieron el camino inverso hasta adentrarse en el callejón, pero ahora para continuar hasta la casa de los visillos.

LA EXPOSICION

La autopista bramaba en esa mañana que había amanecido de un gris plomizo, que pesaba sobre nuestras cabezas haciéndonos olvidar que los colores existían.

Muy cerca, el mar se estrellaba con toda su fuerza, mojando los coches con infinidad de gotas, como lupas diminutas y mientras tanto el mar en su retirada iba dejando a la vista toda la información que el  tiempo había dejado impreso en ellas.

La Galería era un caos. Todo indicaba que se estaba preparando de nuevo una Exposición.
Plásticos de bolas por el suelo, que al pisarlos parecían tracas de feria y papeles de envolver de color azul, rasgados con prisa.

Hace un año, había conocido esta Galería, junto a un amigo que me acompañó. Estaba situada en el corazón de la ciudad, rodeada de callejuelas repletas de pequeñas tiendas, típicas de los barrios y una vieja serrería con un rastro de serrín saliendo hacia la calzada.

Me habían fascinado las paredes de la Galería, de un blanco inmaculado, inmensamente altas, como hasta el cielo, envueltas en el misterio de unos arcos que a su vez separaban cada estancia.

Los cigarrillos desaparecían entre mis dedos, uno detrás de otro, pendiente en todo momento de cuál sería la distribución definitiva de mis cuadros.

Pasó la mañana lluviosa en un ir y venir dislocado como un baile de marionetas agitadas por una mano enloquecida, hasta que a las cuatro de la tarde, todo se dio por finalizado.

El suelo de barro rojo, con un cierto olor a humedad añeja, de siglos, entraba a formar parte de la exposición convertido en un inmenso cuadro en armonía con los de las paredes de unos planos de color, nítidos y limpios.

La tranquilidad y la paz, se respiraban allí dentro y sólo en unos minutos se truncó en una amalgama de voces, bullicio de gente y tintineo de copas, que poco a poco iba en aumento y todo acunado y envuelto con el Adaggio de Albinoni que sonaba, llegando a todos los rincones.

Yo iba de grupo en grupo, escuchando desde frases tópicas hasta palabras que me llegaban al alma, como en una sintonía de pensamientos que me trasportaba al séptimo cielo, pues piensas que este momento es el colofón de las muchas horas en el estudio preparando toda la obra y era el momento de comunicarte a través de ella.

La gente que llenaba la Galería era de lo más pintoresca y variada. Desde pintores snobs, algún personaje como salido de un cuadro del siglo XVII, así como algún jovencito adornado con detalles punkis, hasta señoras de abrigo de visón y joyas bien visibles y relucientes. Todos tenían en común su amor al Arte.

Un poeta, recién llegado de alguna parte y que al pasar cerca de allí, se sintió atraído por la pintura, emocionado me trasmitió la cantidad de sensaciones que le llegaban al dejarse ir delante de los cuadros, para que estos pudieran hablarle libremente en un diálogo perfecto.

La pintura tiene su propia vida, que cada uno recibe de una forma muy especial e íntima.

El tiempo cargado de olor a humedad y diferentes perfumes, se fue consumiendo.


Ya cansada por todas las emociones vividas allí y una vez que todo estaba sumido en una total soledad, me senté , dejándome caer en una silla oyendo mis propios pensamientos y la compañía amable de mis cuadros.

VERANEO

El coche iba avanzando lentamente por el carril de tierra, dejando a su paso una gran nube de polvo.
La casa del cortijo se veía a lo lejos perfectamente blanqueada, rodeada de matorrales de “don-pedros” inundados de  flores, como pequeñas  trompetillas color fucsia intenso.

Olmos redondos y chopos cimbreando con la  brisa de una tarde cualquiera del comienzo del verano. Todo estaba sumido en un ambiente cálido y lechoso que aplanaba las formas.

Los perros alborozados, ladraban agitadamente.

El momento de la llegada siempre se convertía en algo lleno de ilusión y alegría, con la perspectiva de pasar en el campo una larga temporada. Saludos, besos, griterío de los niños y un gran trasiego de equipaje llevando cada maleta a las habitaciones frescas y en penumbra que oliendo a “flit” nos aguardaban.

Los niños corrían llenos de ilusión a su reencuentro con viejos juguetes, que aguardaban dentro de un armario  a que estos en sus manos, les volviesen a dar vida.

Salí al exterior respirando esa brisa serrana que acompañaba ya a un sol de justicia.

Me gustaba quedarme quieta y poder escuchar el sonido de la naturaleza. Este era mi saludo. El suyo, las chicharras, abejorros y algún ladrido con desgana a lo lejos y de tiempo en tiempo el canto cansino de algún gallo.

El olor a la hierba seca y recalentada por el sol, invadía todo y allí bullían mil insectos que cooperaban también a ese sonido del campo que tantas cosas me evocaba.

Regresé a la casa después de un paseo tranquilo, entrando a formar parte de los que ocupaban el cuarto de estar.

 Era una habitación no demasiado grande, con dos pequeñas ventanas, con rejas y repletas de enredadera que ayudaba al frescor de la estancia, aún estando los postigos abiertos, cortinas de cretona y algún florero con flores secas. En la chimenea quedaba el recuerdo del invierno en un tronco olvidado a medio quemar.

Unos leían el periódico, otros jugaban al ajedrez, otros charlaban. Así pasábamos las horas en las que el calor se volvía tórrido en el exterior, hasta que conforme el sol iba cayendo, unos se daban un baño en el pequeño estanque, rodeado de adelfas, pinos y algún almendro, baño que se convertía en algo muy estimulante por el agua helada que lo llenaba.

Otros optaban por irse al carril que conducía a la carretera, dispuestos a luchar por la victoria en la Petanca.

Los niños encaminaban sus pasos a una charca próxima, en busca de ranas e insectos acuáticos.

La verdad es que había actividades para todos los gustos, en esos días veraniegos y fundamentalmente familiares.

Las noches las recuerdo entrañables,  después de la cena salíamos al porche, acompañados del canto alborotado de los grillos y alguna que otra polilla estrellándose contra el quinqué que derramaba su luz sobre las plantas, haciendo sus hojas transparentes de un verde intenso.

Se hablaba y comentaba de todo, recuerdos de infancia y juventud, política, cargándose a veces el ambiente por la intensidad de la discusión; así y todo, había momentos de silencio que permitían mirar hacia el cielo profundo y brillante, repleto de estrellas que en algún momento, organizaban un verdadero baile de agitación, como si quisieran aprovechar un descuido para cambiarse de sitio.

Nos sorprendía la madrugada a los más noctámbulos y esta hora invitaba a contar historias y anécdotas fántásticas; unas divertidas y otras de la vida misma.


Conforme avanzaba la noche, poco a poco el número de los que estábamos en el porche iba disminuyendo, hasta que decidíamos apagar el quinqué, dando ya por terminada la jornada.

EL ENCUENTRO

La luz iba resbalando por los objetos de la habitación, hasta que casi sin darme cuenta, enfrascada en el libro que tenía entre manos, difícilmente se distinguían los objetos que me rodeaban.

El frío se instaló a mi alrededor, como avisando que el sol había desaparecido.

Encendí la lámpara para seguir leyendo y decidí que sería buena idea prender la chimenea.

Siempre que he tenido sensación de soledad, los leños ardiendo y crepitando, han tenido la virtud de hacerme compañía.
El olor a leña quemada, se extendió por toda la estancia. Fuera las hojas de los chopos gigantes, se agitaban con tal vehemencia que daba la sensación que estaban despidiendo al día que terminaba y daban la bienvenida a multitud de pájaros que piando alocadamente y creando gran algarabía se habían instalado en sus ramas, preparándose a pasar la noche.

Cerré las cortinas y me dispuse, mientras continuaba leyendo a escuchar una música intimista y cálida que en ese momento salía de la radio y que lejos de distraerme, me ayudaba a meterme en la trama del libro que me estaba acompañando.

El teléfono comenzó a sonar. Sentí la duda si responder a su llamada; pensé que, quién estuviera al otro lado, quizás se cansara, pero no pareció tener interés en desistir.
Por fin y con desgana, alargué el brazo y descolgué.

Me pareció enseguida una voz que no me era del todo desconocida, aunque no lograba ponerle la cara.
Pasaron unos momentos y él trató de intrigarme. Al fin supe de quién se trataba, aunque es una forma de hablar ya que sólo sabía que era de mediana estatura, moreno y sobre todo y esto lo recordaba con claridad, tenía unas manos enormes, nervudas, que nada más fijarme en ellas me subyugaron.
No era fácil olvidarlas; cuando se acercó a mí, hace meses, en una cafetería del centro y señalando un hueco vacío en mi mesa, me preguntó si podía ocuparlo.

No tuve ningún inconveniente y recuerdo que tuvimos una conversación muy agradable, aunque algo insustancial.
Salimos de allí juntos y sólo anduvimos unos cuantos metros, antes de despedirnos. No recuerdo haberle dado mi dirección o mi número de teléfono y ahora me intrigaba cómo lo habría conseguido. ¡Pero que más da! Era agradable oir a través del aparato una voz como la suya.

Poco a poco el me hablaba de mí y de sus sentimientos y me sorprendí abandonándome cada vez más a sus palabras.
Me gustaba dejarme llevar en la conversación, sintiendo entre otras cosas, eso tan importante que es comunicarse, percibiendo mil sensaciones que se iban despertando. Su cálida y envolvente voz penetraba muy dentro de mí.

De forma accidental, la comunicación se cortó; esto me devolvió a la realidad, pero extasiada, con la mirada desenfocada no dejaba de sorprenderme lo que estaba sintiendo en lo más profundo.

¿Por qué no dejarme llevar y olvidarme de convencionalismos?

Mientras los leños de la chimenea acompañaban mi estado de ánimo con su crepitar vivaracho que ahora a mí se me antojaba de fiesta.



ENCUENTRO DE UN AMIGO

Lo encontré un día de primavera.

El valle por donde discurría el arroyo,  te embriagaba con su olor a las flores del Árbol del Paraíso.

Alguien lo dejó allí; sólo él sabía si antes de abandonarlo, lo habían  querido y que por algún motivo (nada ni nadie puede justificar este hecho) lo separaron de los que él creía que eran sus amigos incondicionales.

Tenía un semblante inmensamente triste, aparentemente tuerto, sucio y quizás enfermo.
Me quedé mirándolo e inmediatamente él puso esa cara tan expresiva que ponen los perros, con el entrecejo fruncido, como de preocupación ante un sinfín de interrogantes.

Seguí mi camino, haciéndome también muchas preguntas. De lo que sí estaba segura es que por su disposición acercándose a mí, estaba dispuesto a darnos su cariño y con su expresión también lo decía:  “llévame y verás que buen perro soy”.

 Este afecto lo tenía acumulado deseando poder darlo.

A veces da la sensación, que ésta fuera su misión. Por tanto yo quería tenerlo con nosotros y también ofrecerle nuestra protección.

Cuando volvía de regreso, ya con impaciencia, deseando tenerlo en casa, paré el coche y las personas que habitualmente están por allí, me confirmaron que en efecto estaba abandonado.
Le hice un gesto por si quería entrar en la parte de atrás del coche y aún antes de terminar la invitación, ya estaba sentado dentro.

Al llegar a casa, al final de la cuesta y traspasar la cancela de hierro, su figura era muy lánguida, a pesar de su gran envergadura de manto blanco de pelo largo, su cara siempre sonriente y su cola que en algún momento lució con orgullo y arrogancia, ahora la llevaba caída y como adherida a sus patas traseras.

Se dejó con santa paciencia limpiar, lavar, desinsectar durante días, tal el era el estado en que estaba…
Lo primero que hicimos junto con la limpieza fue buscarle un nombre, para que de esta manera él se fuera reencontrando y nosotros con él.

Obi, tenía un comportamiento ejemplar. Obediente en casa, en los paseos y de igual forma ignoraba a sus congéneres, sin ningún amago de pelea, ni nada que se le pareciera. Al mismo tiempo empezaba timidamente a movernos su cola. ¡A nadie más!

Le curamos la otitis con la que lo encontramos y al mismo tiempo, el ojo que creímos tuerto (también el veterinario que lo visitó) poco a poco fue apareciendo, como cosa mágica, y ahora tiene dos expresivos ojos muy negros.

Poco a poco y sintiéndose querido  y protegido, adoptó en los paseos, porte de gran orgullo. En los conatos de pelea que ha tenido, ha dejado un cierto aire de superioridad, como proclamando que tiene amos y lo quieren.

Ya está seguro que está en su casa y se pasea por todas partes con su cola como gran penacho en alto. Eso le gusta.

Necesita del calor humano en todo momento. No se cansa de mudarse de sitio cien veces, si tu te trasladas, pues te acompaña siempre allá dónde tu vayas, como si de un pequeño faldero se tratara.

Durante la noche, no se separa de la puerta de nuestro dormitorio montando guardia o tratando de acercarse a nosotros lo más posible.

Si se queda sólo en casa, a nuestra vuelta siempre nos sorprende encontrarlo con algún zapato nuestro a su lado, así como otros repartidos por las butacas, sofá y camas, en un intento de sentirse acompañado de sus amigos.


¡Este es Obi!

PASEO

Azules con pinceladas blancas  y Ocres me envuelven.

 Un olor a algas y lapas inunda el aire mientras voy caminando a cierta marcha, en mi paseo, o mejor dicho, caminata diaria, bordeando la costa.

Del mar  llega un murmullo constante de las olas, pisándose los talones unas a otras, coqueteando con la arena en su vaivén, dejando un rastro de espuma blanca sobre la orilla.
En los charcos formados en las rocas  durante la retirada del mar en la marea baja, se encuentra gran cantidad de vida en miniatura que momentáneamente ha quedado atrapada. Aún en su pequeñez también forma parte de la inmensidad del Océano.

En el camino, me cruzo con personas de todo tipo, atletas que corren, otros montan en bicicleta, jóvenes de todas las edades patinando, personas mayores, gordos, flacos, gente en bañador, abrigados, risueños,  hasta bebés tirados por sus padres en unos carritos especiales instalados en la parte de atrás de sus bicicletas. Todos parecen disfrutar.
Las palmeras agitan sus palmas como un saludo alegre mañanero  que en ocasiones pueden parecer enfadadas si el viento que las rodea, está molestándolas en demasía. Entonces braman.

En la Avenida hay bancos ocupados por gentes que deciden contemplar el mar y a los paseantes,  otros dan cobijo a caminantes fatigados en espera de recuperar el resuello.
Al terminar la Avenida, y tras un pequeño puente de madera,  comienza el camino  que  bordea el Aeropuerto.

 Una de las anécdotas  que me fascina a estas alturas del paseo,  es la presencia de “el halconero” dentro del recinto.
A veces entrenando a su halcón;   mientras sujeta con su mano una cuerda, en cuyo  extremo lleva atada una paloma (muerta)  la hace girar a toda velocidad por encima de su cabeza. En un momento dado, suelta la paloma y con increíble agilidad el Pájaro  la coge al vuelo. En  otras, las habituales,  suelta el halcón para que con sus revolainas espante las posibles aves que pudieran poner en peligro la seguridad en el despegue y aterrizaje  de los aviones.

Sigo caminando, a veces cuento los pasos, otras, la imaginación y los recuerdos me acompañan, sumida tan dentro de ellos, que unos cuantos kilómetros, vuelan y quizás el griterío de unas cuantas gaviotas, disputándose un pez en la orilla - sin duda a alguna de ellas se le debió de escapar del pico en el vuelo después de su pesca – hace que vuelva bruscamente a mi camino.

Hoy es día de llegada masiva de aviones, los jueves y domingos. Cada minuto hay un movimiento de entrada o salida.
Desde un punto estratégico del camino puedes ver cómo entran los aviones por encima de tu cabeza a muy pocos metros del suelo. No puedes por menos de pensar que son como saltamontes gigantes con las alas desplegadas y que están invadiendo nuestro planeta desde otro desconocido. En cambio en su despegue se asemejan a princesas con sus brazos extendidos y cubiertas con un velo blanco que inician un vuelo ascendente hacia el cielo con gran elegancia y majestad.

En mi regreso, y desandando lo andado miro hacia el mar y en mi contemplación, siento que la cadencia rítmica  de las olas es como el corazón de la vida, que te hipnotiza, pudiendo permanecer extasiada sin que nada alrededor cuente.

La imagen del  sol grande y anaranjado, hundiéndose en el mar, desafiante e imponente, es como una provocación de poder y tú desafiándole puedes presentarle cara, mirándolo directamente y de frente. En su ocaso busco el Rayo Verde de Julio Verne, que espero poder encontrar algún día.