Machacona retumba en los oídos la sirena de un coche de bomberos, que poco a poco se aproxima.
Una riada de coches estorba de una forma involuntaria el paso, pero en un incesante insistir, va abriéndose camino y aunque con dificultad consigue avanzar.
Mientras, en otro rincón de la ciudad los vecinos de un gran edificio, viven la angustia.
Una humareda densa y pestilente inunda las escaleras, introduciéndose por rendijas y puertas abiertas de vecinos que en principio sólo alarmados intentan indagar que es lo que ocurre ante un crepitar cercano y extraño.
La percepción del peligro hace que cada uno haga lo que su instinto le dicta que no suele coincidir con las normas de seguridad que se indican en estos casos.
Antes, tranquilamente sentada, disfrutando en la terraza de la buena temperatura y el goce sensual de esa ráfaga de brisa fresca que de vez en cuando invade tu cuerpo; esperaba la hora de irme a dormir, apurando de esa forma una jornada más.
En unos segundos me vino a la mente una pregunta, ¿qué será ese ruido?. Puse en alerta toda mi atención e inmediatamente me percaté que había un incendio.
Los toldos del edificio hasta la octava planta, ardían haciendo subir inmensas llamaradas. Un brote de sudor me inundó preguntándome que tendría que hacer.
En cuestión de segundos lo había decidido; como fuera, nos teníamos que ir a la calle.
Tuve la sensación que nuestra casa situada en la planta once del edificio era una ratonera con la puerta abierta a una chimenea de terror formada en el hueco de las escaleras, pero como digo el instinto de conservación hace que a veces actues de forma contraria a lo correcto. Aún así, tomé esa opción.
Cogí de la mano a mi hijo pequeño, yo era consciente que en mi alocada huída, lo había despertado de forma traumática ¡levántate corre, hay fuego en la casa! ¿Por qué dije esta frase cuando no tenía la certeza que así fuera? Fue el miedo.
Nuestra perra de carácter inquieto demostró una gran disciplina esperando que la cogieran con su correa, cosa que hizo mi hijo mayor, que con sus siete años actuó como si de un adulto se tratara.
¿Qué dicta nuestro comportamiento en estos momentos críticos?
Iniciamos el descenso. En algún tramo se nos hacía el aire irrespirable. El humo inundaba la escalera.
Como hormigas saliendo de sus hormigueros, los vecinos según íbamos avanzando en nuestro descenso, incrementaban el número de personas que al igual que nosotros, habían decidido bajarse a la calle. La dificultad en la bajada crecía; por lo general y sorprendentemente se hacía en silencio, roto a veces por algún grito alertando e insistiendo en la marcha a alguien aún dentro de la casa, pero que ya tenía dispuesta su salida con las puertas abiertas de par en par.
Fue un camino atravesado con angustia con la de no llegar nunca al final, casi allí me percaté que bajaba en camisón y descalza. Sentía dolor en los pies.
Al llegar a la calle creo que todos llenamos nuestros pulmones con una bocanada de aire fresco y limpio y el silencio más o menos completo que había en la bajada se mudó en excitación un tanto incontrolada que nos hacía hablar a todos de un modo compulsivo queriéndonos narrar unos a otros nuestra experiencia personal.
Afortunadamente sólo causó angustia y miedo. Todos meditamos sobre la ausencia de escaleras de incendios que ya a lo largo de los años habíamos debatido largamente, no habiendo encontrado eco, en quienes tenían la facultad de solucionarlo.
