jueves, 6 de octubre de 2016

LA EXPOSICION

La autopista bramaba en esa mañana que había amanecido de un gris plomizo, que pesaba sobre nuestras cabezas haciéndonos olvidar que los colores existían.

Muy cerca, el mar se estrellaba con toda su fuerza, mojando los coches con infinidad de gotas, como lupas diminutas y mientras tanto el mar en su retirada iba dejando a la vista toda la información que el  tiempo había dejado impreso en ellas.

La Galería era un caos. Todo indicaba que se estaba preparando de nuevo una Exposición.
Plásticos de bolas por el suelo, que al pisarlos parecían tracas de feria y papeles de envolver de color azul, rasgados con prisa.

Hace un año, había conocido esta Galería, junto a un amigo que me acompañó. Estaba situada en el corazón de la ciudad, rodeada de callejuelas repletas de pequeñas tiendas, típicas de los barrios y una vieja serrería con un rastro de serrín saliendo hacia la calzada.

Me habían fascinado las paredes de la Galería, de un blanco inmaculado, inmensamente altas, como hasta el cielo, envueltas en el misterio de unos arcos que a su vez separaban cada estancia.

Los cigarrillos desaparecían entre mis dedos, uno detrás de otro, pendiente en todo momento de cuál sería la distribución definitiva de mis cuadros.

Pasó la mañana lluviosa en un ir y venir dislocado como un baile de marionetas agitadas por una mano enloquecida, hasta que a las cuatro de la tarde, todo se dio por finalizado.

El suelo de barro rojo, con un cierto olor a humedad añeja, de siglos, entraba a formar parte de la exposición convertido en un inmenso cuadro en armonía con los de las paredes de unos planos de color, nítidos y limpios.

La tranquilidad y la paz, se respiraban allí dentro y sólo en unos minutos se truncó en una amalgama de voces, bullicio de gente y tintineo de copas, que poco a poco iba en aumento y todo acunado y envuelto con el Adaggio de Albinoni que sonaba, llegando a todos los rincones.

Yo iba de grupo en grupo, escuchando desde frases tópicas hasta palabras que me llegaban al alma, como en una sintonía de pensamientos que me trasportaba al séptimo cielo, pues piensas que este momento es el colofón de las muchas horas en el estudio preparando toda la obra y era el momento de comunicarte a través de ella.

La gente que llenaba la Galería era de lo más pintoresca y variada. Desde pintores snobs, algún personaje como salido de un cuadro del siglo XVII, así como algún jovencito adornado con detalles punkis, hasta señoras de abrigo de visón y joyas bien visibles y relucientes. Todos tenían en común su amor al Arte.

Un poeta, recién llegado de alguna parte y que al pasar cerca de allí, se sintió atraído por la pintura, emocionado me trasmitió la cantidad de sensaciones que le llegaban al dejarse ir delante de los cuadros, para que estos pudieran hablarle libremente en un diálogo perfecto.

La pintura tiene su propia vida, que cada uno recibe de una forma muy especial e íntima.

El tiempo cargado de olor a humedad y diferentes perfumes, se fue consumiendo.


Ya cansada por todas las emociones vividas allí y una vez que todo estaba sumido en una total soledad, me senté , dejándome caer en una silla oyendo mis propios pensamientos y la compañía amable de mis cuadros.

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