jueves, 6 de octubre de 2016

EL ENCUENTRO

La luz iba resbalando por los objetos de la habitación, hasta que casi sin darme cuenta, enfrascada en el libro que tenía entre manos, difícilmente se distinguían los objetos que me rodeaban.

El frío se instaló a mi alrededor, como avisando que el sol había desaparecido.

Encendí la lámpara para seguir leyendo y decidí que sería buena idea prender la chimenea.

Siempre que he tenido sensación de soledad, los leños ardiendo y crepitando, han tenido la virtud de hacerme compañía.
El olor a leña quemada, se extendió por toda la estancia. Fuera las hojas de los chopos gigantes, se agitaban con tal vehemencia que daba la sensación que estaban despidiendo al día que terminaba y daban la bienvenida a multitud de pájaros que piando alocadamente y creando gran algarabía se habían instalado en sus ramas, preparándose a pasar la noche.

Cerré las cortinas y me dispuse, mientras continuaba leyendo a escuchar una música intimista y cálida que en ese momento salía de la radio y que lejos de distraerme, me ayudaba a meterme en la trama del libro que me estaba acompañando.

El teléfono comenzó a sonar. Sentí la duda si responder a su llamada; pensé que, quién estuviera al otro lado, quizás se cansara, pero no pareció tener interés en desistir.
Por fin y con desgana, alargué el brazo y descolgué.

Me pareció enseguida una voz que no me era del todo desconocida, aunque no lograba ponerle la cara.
Pasaron unos momentos y él trató de intrigarme. Al fin supe de quién se trataba, aunque es una forma de hablar ya que sólo sabía que era de mediana estatura, moreno y sobre todo y esto lo recordaba con claridad, tenía unas manos enormes, nervudas, que nada más fijarme en ellas me subyugaron.
No era fácil olvidarlas; cuando se acercó a mí, hace meses, en una cafetería del centro y señalando un hueco vacío en mi mesa, me preguntó si podía ocuparlo.

No tuve ningún inconveniente y recuerdo que tuvimos una conversación muy agradable, aunque algo insustancial.
Salimos de allí juntos y sólo anduvimos unos cuantos metros, antes de despedirnos. No recuerdo haberle dado mi dirección o mi número de teléfono y ahora me intrigaba cómo lo habría conseguido. ¡Pero que más da! Era agradable oir a través del aparato una voz como la suya.

Poco a poco el me hablaba de mí y de sus sentimientos y me sorprendí abandonándome cada vez más a sus palabras.
Me gustaba dejarme llevar en la conversación, sintiendo entre otras cosas, eso tan importante que es comunicarse, percibiendo mil sensaciones que se iban despertando. Su cálida y envolvente voz penetraba muy dentro de mí.

De forma accidental, la comunicación se cortó; esto me devolvió a la realidad, pero extasiada, con la mirada desenfocada no dejaba de sorprenderme lo que estaba sintiendo en lo más profundo.

¿Por qué no dejarme llevar y olvidarme de convencionalismos?

Mientras los leños de la chimenea acompañaban mi estado de ánimo con su crepitar vivaracho que ahora a mí se me antojaba de fiesta.



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