jueves, 6 de octubre de 2016

ENCUENTRO DE UN AMIGO

Lo encontré un día de primavera.

El valle por donde discurría el arroyo,  te embriagaba con su olor a las flores del Árbol del Paraíso.

Alguien lo dejó allí; sólo él sabía si antes de abandonarlo, lo habían  querido y que por algún motivo (nada ni nadie puede justificar este hecho) lo separaron de los que él creía que eran sus amigos incondicionales.

Tenía un semblante inmensamente triste, aparentemente tuerto, sucio y quizás enfermo.
Me quedé mirándolo e inmediatamente él puso esa cara tan expresiva que ponen los perros, con el entrecejo fruncido, como de preocupación ante un sinfín de interrogantes.

Seguí mi camino, haciéndome también muchas preguntas. De lo que sí estaba segura es que por su disposición acercándose a mí, estaba dispuesto a darnos su cariño y con su expresión también lo decía:  “llévame y verás que buen perro soy”.

 Este afecto lo tenía acumulado deseando poder darlo.

A veces da la sensación, que ésta fuera su misión. Por tanto yo quería tenerlo con nosotros y también ofrecerle nuestra protección.

Cuando volvía de regreso, ya con impaciencia, deseando tenerlo en casa, paré el coche y las personas que habitualmente están por allí, me confirmaron que en efecto estaba abandonado.
Le hice un gesto por si quería entrar en la parte de atrás del coche y aún antes de terminar la invitación, ya estaba sentado dentro.

Al llegar a casa, al final de la cuesta y traspasar la cancela de hierro, su figura era muy lánguida, a pesar de su gran envergadura de manto blanco de pelo largo, su cara siempre sonriente y su cola que en algún momento lució con orgullo y arrogancia, ahora la llevaba caída y como adherida a sus patas traseras.

Se dejó con santa paciencia limpiar, lavar, desinsectar durante días, tal el era el estado en que estaba…
Lo primero que hicimos junto con la limpieza fue buscarle un nombre, para que de esta manera él se fuera reencontrando y nosotros con él.

Obi, tenía un comportamiento ejemplar. Obediente en casa, en los paseos y de igual forma ignoraba a sus congéneres, sin ningún amago de pelea, ni nada que se le pareciera. Al mismo tiempo empezaba timidamente a movernos su cola. ¡A nadie más!

Le curamos la otitis con la que lo encontramos y al mismo tiempo, el ojo que creímos tuerto (también el veterinario que lo visitó) poco a poco fue apareciendo, como cosa mágica, y ahora tiene dos expresivos ojos muy negros.

Poco a poco y sintiéndose querido  y protegido, adoptó en los paseos, porte de gran orgullo. En los conatos de pelea que ha tenido, ha dejado un cierto aire de superioridad, como proclamando que tiene amos y lo quieren.

Ya está seguro que está en su casa y se pasea por todas partes con su cola como gran penacho en alto. Eso le gusta.

Necesita del calor humano en todo momento. No se cansa de mudarse de sitio cien veces, si tu te trasladas, pues te acompaña siempre allá dónde tu vayas, como si de un pequeño faldero se tratara.

Durante la noche, no se separa de la puerta de nuestro dormitorio montando guardia o tratando de acercarse a nosotros lo más posible.

Si se queda sólo en casa, a nuestra vuelta siempre nos sorprende encontrarlo con algún zapato nuestro a su lado, así como otros repartidos por las butacas, sofá y camas, en un intento de sentirse acompañado de sus amigos.


¡Este es Obi!

No hay comentarios:

Publicar un comentario