jueves, 6 de octubre de 2016

PASEO POR EL ESCORIAL


Enfrascada en la historia de don José, mientras retumbaba como en un pozo, el tic-tac del reloj de pared que me recordaba que tendría que abandonar en breve, la lectura y dedicarme, muy a mi pesar, a las faenas caseras.

Obi dormitaba, como buen perro, a mis pies.
Fuera, en el jardín, se van adivinando signos de primavera. Sol radiante, piar aislado de algún pájaro y solo devolviéndote al invierno el fuerte olor a chimeneas aún encendidas.

Decido cambiar mis planes y como un resorte, me pongo en pie, con la ilusión de terminar mis obligaciones cuanto antes y coger el atractivo tren de dos pisos que me llevará hasta El Escorial.
Este, llega puntual a la estación de Las Matas. Se abren las puertas automáticas y ya dentro, voy buscando un sitio junto a ventanilla, mientras la voz femenina de todos los trayectos, mitad meliflua, mitad untuosa, recuerda a los pasajeros, cuál será el próximo enlace con otras líneas.

Traquetea el tren sobre las juntas de las vías, sin alterar para nada el sueño de alguno de los ocupantes, que sin duda, regresan a sus casas después de una larga jornada de trabajo. Amas de casa, que en animada charla con alguna vecina, vuelven cargadas de bolsas del supermercado. Fuera, todo está verde y conforme avanzamos, se ven manchones de nieve en las umbrías y algunos tejados. Observando el paisaje, llaman la atención las enormes piedras, auténticas moles, donde están enclavados los pueblos próximos a las estribaciones de la Sierra de Guadarrama.

En el exterior, un señor de edad, sentado con su perro, observa sin duda el paso de los trenes, mientras fuma un cigarrillo y en ese humo, recuerda y seguramente añora, el ya desaparecido de los trenes de su época juvenil.

Por fin, llegamos a la estación de El Escorial, después de unas cuantas paradas intermedias sin nada especial que reseñar.

El Escorial me recibe con el mismo aire de melancolía que uno, siempre percibe paseando por sus calles, contrastando a veces con autobuses cargados de turistas, un tanto chillones, que llegan desde Madrid, en sus rutas programadas.

En la puerta de la estación, espera un autobús que te acerca al Centro de la población. Yo prefiero subir andando. Nada más salir al exterior, se percibe un ambiente distinto y claramente más frío; al respirar, tienes la sensación que el aire helado te entra a través de la nariz hasta el cerebro. Los gigantescos árboles de los jardines que bordean la carretera, te acompañan hasta la parte más alta, unido al fragor de los coches al rodar por el adoquinado del camino, que aunque muy ancho, guarda el sabor de otro tiempo, en el que solo era transitado por carros y animales de carga.

Por fin, y un poco sin aliento, llego a la Plaza que está próxima al Palacio de Felipe II. Tomo de nuevo fuerzas, mientras me detengo, como buena forastera a observar a la gente que transita: foráneos y del lugar. Paseo por las callejuelas, bordeadas, muchas de ellas, de perales recientemente plantados, en espera de la explosión de flores blancas, que aparecerán dentro de poco, en la Primavera.

No me cruzo con mucha gente. No son horas de paseo. A través de alguna ventana entornada, se oye el teclear de una máquina de escribir antigua, a la que hay que golpear con fuerza y que sin duda queda en cualquier vieja oficina, que aún no han podido modernizar. Mientras, también se oye el tintineo de un tenedor sobre un plato, batiendo huevos. Son sonidos que en su humildad y casi sin darte cuenta, te ponen en contacto con el interior y con las personas que allí se encuentran.

En la oficina, vetustos archivadores metálicos y en el aire un denso olor a humo de cigarrillos y a papeles añejos. En la casa, una mesa redonda en el centro de la habitación rodeada de sillas, presidiendo un cuadro de la Santa Cena y llena de recuerdos sobre los no muy abundantes muebles y envolviéndolo todo, un fuerte olor a tortilla y mandarinas.

Conforme vas bajando de la parte alta del pueblo, las casa se hacen más señoriales y empiezan a rodearte vestigios culturales, como avisos de Conferencias, Salas de Exposiciones, anuncios de Conciertos, que te indican realmente, dónde te encuentras. Los Cafés, añoran aún el bullicio del verano, con la multitud de gente que los abarrota al salir de los Cursos de Verano. Ahora en cambio, solo visitados por alguien , que en un momento dado, quiere refugiarse del frío, tomando un reconfortante chocolate con picatostes.

Sigo caminando, despacio, observando escaparates y sin esperarlo, me encuentro en una plaza abierta en la que se ve a madres jóvenes, de charla, sentadas en bancos, a veces también compartidos con personas mayores; mientras, los niños bullen sin parar a su alrededor, con bicicletas, sentados en el suelo o simplemente llorando...mostrando su desagrado por algo, o doliéndose de alguna caída. Un perro solitario pasa sin rumbo de parte a parte. La vista del Monasterio desde esta plaza es majestuosa, quedándose en primer plano y ante mis ojos, cuatro maravillosas farolas fernandinas que adornan la explanada amplia y recoleta al mismo tiempo. Poco a poco voy acercándome de nuevo al centro, para ahora volver sobre mis pasos y encaminarme de nuevo a la estación. Avisan por los altavoces de la llegada del tren por la vía 1. Ahora el andén está repleto de gente joven, con sus mochilas y libros, prestando alegría y jolgorio al momento.

Ya dentro y arrellanada cómodamente en mi asiento, voy percibiendo todo lo que me rodea como con sordina. Realmente me estoy preparando para llegar a casa y descansar del largo paseo.

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