Azules con pinceladas blancas y Ocres me envuelven.
Un olor a algas y lapas inunda el aire mientras voy caminando a cierta marcha, en mi paseo, o mejor dicho, caminata diaria, bordeando la costa.
Del mar llega un murmullo constante de las olas, pisándose los talones unas a otras, coqueteando con la arena en su vaivén, dejando un rastro de espuma blanca sobre la orilla.
En los charcos formados en las rocas durante la retirada del mar en la marea baja, se encuentra gran cantidad de vida en miniatura que momentáneamente ha quedado atrapada. Aún en su pequeñez también forma parte de la inmensidad del Océano.
En el camino, me cruzo con personas de todo tipo, atletas que corren, otros montan en bicicleta, jóvenes de todas las edades patinando, personas mayores, gordos, flacos, gente en bañador, abrigados, risueños, hasta bebés tirados por sus padres en unos carritos especiales instalados en la parte de atrás de sus bicicletas. Todos parecen disfrutar.
Las palmeras agitan sus palmas como un saludo alegre mañanero que en ocasiones pueden parecer enfadadas si el viento que las rodea, está molestándolas en demasía. Entonces braman.
En la Avenida hay bancos ocupados por gentes que deciden contemplar el mar y a los paseantes, otros dan cobijo a caminantes fatigados en espera de recuperar el resuello.
Al terminar la Avenida, y tras un pequeño puente de madera, comienza el camino que bordea el Aeropuerto.
Una de las anécdotas que me fascina a estas alturas del paseo, es la presencia de “el halconero” dentro del recinto.
A veces entrenando a su halcón; mientras sujeta con su mano una cuerda, en cuyo extremo lleva atada una paloma (muerta) la hace girar a toda velocidad por encima de su cabeza. En un momento dado, suelta la paloma y con increíble agilidad el Pájaro la coge al vuelo. En otras, las habituales, suelta el halcón para que con sus revolainas espante las posibles aves que pudieran poner en peligro la seguridad en el despegue y aterrizaje de los aviones.
Sigo caminando, a veces cuento los pasos, otras, la imaginación y los recuerdos me acompañan, sumida tan dentro de ellos, que unos cuantos kilómetros, vuelan y quizás el griterío de unas cuantas gaviotas, disputándose un pez en la orilla - sin duda a alguna de ellas se le debió de escapar del pico en el vuelo después de su pesca – hace que vuelva bruscamente a mi camino.
Hoy es día de llegada masiva de aviones, los jueves y domingos. Cada minuto hay un movimiento de entrada o salida.
Desde un punto estratégico del camino puedes ver cómo entran los aviones por encima de tu cabeza a muy pocos metros del suelo. No puedes por menos de pensar que son como saltamontes gigantes con las alas desplegadas y que están invadiendo nuestro planeta desde otro desconocido. En cambio en su despegue se asemejan a princesas con sus brazos extendidos y cubiertas con un velo blanco que inician un vuelo ascendente hacia el cielo con gran elegancia y majestad.
En mi regreso, y desandando lo andado miro hacia el mar y en mi contemplación, siento que la cadencia rítmica de las olas es como el corazón de la vida, que te hipnotiza, pudiendo permanecer extasiada sin que nada alrededor cuente.
La imagen del sol grande y anaranjado, hundiéndose en el mar, desafiante e imponente, es como una provocación de poder y tú desafiándole puedes presentarle cara, mirándolo directamente y de frente. En su ocaso busco el Rayo Verde de Julio Verne, que espero poder encontrar algún día.
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