Como luces de neón entrelazadas en azul y naranja, era el reflejo que resbalaba por la pared situada frente a la ventana, que entreabierta, dejaba salir el sonido chirriante de un antiguo tocadiscos.
Dos cubos negros de goma parcialmente escondidos en una zona de sombra, esperaban que se depositara en ellos la basura.
Apoyada sobre la pared desconchada y con grafitis de colores - con desgana - rubia de bote y una permanente barata, minifalda naranja de una tela poco amorosa, un jersey rosa chillón, y un collar de perlas descascarilladas de varias vueltas.
Eran las mejores galas que tenía Desiré.
Vivía no lejos de allí en un piso de protección oficial que gracias al párroco de su barrio consiguió hace ya mucho tiempo.
Ha pasado la cincuentena y ya es abuela, pero no tiene otra salida, tiene que “trabajar”.
Aunque en estas lides ya es veterana, la edad no le ayuda y solo en contadas ocasiones encuentra algún alma gemela en soledades y que no piensa hacerle feos a nadie, pues fisicamente tampoco tiene mucho que ofrecer.
A veces tiene la fortuna de dar con alguna persona de bien - que aunque utilice los servicios de una mujer desconocida - rota el alma por dentro y con la sonrisa en oferta, que como propina para el cuerpo utilizado y percatándose que allí hay unos ojos con vida, le deja un poco de ternura.
Por el contrario y lo habitual es el desprecio y sólo un deseo egoísta de satisfacción; pero Desiré es una profesional y sabe cerrar la puerta, guardarse la llave en el bolsillo, sacarse de la pechera una bolsa de plástico, entrar en la tienda de ultramarinos que huele a matalauva y cominos, para comprar lentejas y azafrán que le faltan para la cena.
Al llegar a la casa, prepara la comida en una cocina de metro y medio de lado, vieja pero limpia como los chorros de oro. Coloca la comida en una tartera y se acerca hasta la casa de su hija que trabaja por horas y que al volver tiene que darle de comer a tres o cuatro chiquillos.
Josefa – al salir de casa deja su nombre profesional de Desiré colgado detrás de la cortinilla del dormitorio - llegando a la casa de su hija, toca con los nudillos en la puerta, que guarda dentro un griterío de guardería infantil y que al abrirse parece que la arrollaran para abrazarla.
Este es uno de los trescientos sesenta y cinco días que tiene el año.
Un día sin fecha de semana y mes, estando como de costumbre en la esquina de su calle recoleta - no muy lejos de su casa - un hombre de mediana edad, moreno de tez, manos con dedos inmensos consecuencia del trabajo que éstas habían realizado , duro y nada refinado; con cierta timidez pero aparentando seguridad se acercó a Desiré y algo habló con ella, era como un susurro y van paseando rozándose las manos.
Esteban le habló de su soledad y de la necesidad imperiosa que tenía, pero algo debió ver o intuir Desiré, que después de pasar la tarde juntos, se besaron y acariciaron, mientras ella creía estar soñando.
Nadie nunca la había tratado de una forma tan especial y esto hizo que fuese ella quien se entregara a él, de una forma natural, durmiendo luego placidamente abrazados hasta que la noche empezó a entrar por la ventana que se había quedado con los visillos sin cubrir los cristales.
Al despedirse Esteban, le preguntó algo y se marchó.
Al día siguiente cuando se acercaba la hora de su trabajo, Desiré estaba muy nerviosa, pero no podía dejar de acudir a la cita en su rincón de la calle que casi tenía en propiedad.
Al llegar a la esquina, Esteban la esperaba, con un cigarrillo que se desmenuzaba en briznas encendidas.
Le pasó un brazo por encima del hombro después de charlar un momento y caminando despacio, se fueron alejando de la obscuridad del callejón y fueron saliendo hacia la Avenida, plagada de luces, de gente que paseaba al fresco de la noche por el bulevar, mientras una riada de coches pasaban por los laterales a toda velocidad.
Bajaron por unas escaleras que por un subterraneo atravesaba hasta el otro lado de la Avenida. Se sentaron en un banco, situado en la penumbra que proporcionaba las luces de una farola enredada por un árbol, justo enfrente del río, que al ser vísperas de fiesta, el puerto estaba plagado de “golondrinas” que por una módica cantidad de dinero paseaban por el río a todo aquel que lo deseara.
Los que como ellos desde el borde, separados por una barandilla de hierro y un pasamanos de hormigón, disfrutaban de la vista y del chapoteo del agua golpeando el casco de las embarcaciones, podían pasar así las horas muertas
Mientras, sobre sus cabezas y en las copas de los árboles los pájaros piaban y bullían sin cesar disputándose los mejores sitios para pasar la noche.
Josefa y Esteban creían estar en un mundo diferente. Cuando el relente del río empezó a caer sobre ellos, hicieron el camino inverso hasta adentrarse en el callejón, pero ahora para continuar hasta la casa de los visillos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario