jueves, 6 de octubre de 2016

VERANEO

El coche iba avanzando lentamente por el carril de tierra, dejando a su paso una gran nube de polvo.
La casa del cortijo se veía a lo lejos perfectamente blanqueada, rodeada de matorrales de “don-pedros” inundados de  flores, como pequeñas  trompetillas color fucsia intenso.

Olmos redondos y chopos cimbreando con la  brisa de una tarde cualquiera del comienzo del verano. Todo estaba sumido en un ambiente cálido y lechoso que aplanaba las formas.

Los perros alborozados, ladraban agitadamente.

El momento de la llegada siempre se convertía en algo lleno de ilusión y alegría, con la perspectiva de pasar en el campo una larga temporada. Saludos, besos, griterío de los niños y un gran trasiego de equipaje llevando cada maleta a las habitaciones frescas y en penumbra que oliendo a “flit” nos aguardaban.

Los niños corrían llenos de ilusión a su reencuentro con viejos juguetes, que aguardaban dentro de un armario  a que estos en sus manos, les volviesen a dar vida.

Salí al exterior respirando esa brisa serrana que acompañaba ya a un sol de justicia.

Me gustaba quedarme quieta y poder escuchar el sonido de la naturaleza. Este era mi saludo. El suyo, las chicharras, abejorros y algún ladrido con desgana a lo lejos y de tiempo en tiempo el canto cansino de algún gallo.

El olor a la hierba seca y recalentada por el sol, invadía todo y allí bullían mil insectos que cooperaban también a ese sonido del campo que tantas cosas me evocaba.

Regresé a la casa después de un paseo tranquilo, entrando a formar parte de los que ocupaban el cuarto de estar.

 Era una habitación no demasiado grande, con dos pequeñas ventanas, con rejas y repletas de enredadera que ayudaba al frescor de la estancia, aún estando los postigos abiertos, cortinas de cretona y algún florero con flores secas. En la chimenea quedaba el recuerdo del invierno en un tronco olvidado a medio quemar.

Unos leían el periódico, otros jugaban al ajedrez, otros charlaban. Así pasábamos las horas en las que el calor se volvía tórrido en el exterior, hasta que conforme el sol iba cayendo, unos se daban un baño en el pequeño estanque, rodeado de adelfas, pinos y algún almendro, baño que se convertía en algo muy estimulante por el agua helada que lo llenaba.

Otros optaban por irse al carril que conducía a la carretera, dispuestos a luchar por la victoria en la Petanca.

Los niños encaminaban sus pasos a una charca próxima, en busca de ranas e insectos acuáticos.

La verdad es que había actividades para todos los gustos, en esos días veraniegos y fundamentalmente familiares.

Las noches las recuerdo entrañables,  después de la cena salíamos al porche, acompañados del canto alborotado de los grillos y alguna que otra polilla estrellándose contra el quinqué que derramaba su luz sobre las plantas, haciendo sus hojas transparentes de un verde intenso.

Se hablaba y comentaba de todo, recuerdos de infancia y juventud, política, cargándose a veces el ambiente por la intensidad de la discusión; así y todo, había momentos de silencio que permitían mirar hacia el cielo profundo y brillante, repleto de estrellas que en algún momento, organizaban un verdadero baile de agitación, como si quisieran aprovechar un descuido para cambiarse de sitio.

Nos sorprendía la madrugada a los más noctámbulos y esta hora invitaba a contar historias y anécdotas fántásticas; unas divertidas y otras de la vida misma.


Conforme avanzaba la noche, poco a poco el número de los que estábamos en el porche iba disminuyendo, hasta que decidíamos apagar el quinqué, dando ya por terminada la jornada.

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